Miras la lista de tareas y parece que no avanza nunca.
Vas siempre corriendo a apagar fuegos, sintiendo que vas un paso por detrás y que la jornada no te da para más.
Te suena la historia, ¿verdad?
Cuando esto se vuelve habitual en el trabajo, merece la pena pararse a analizar en qué se nos está yendo la energía realmente.
Para quienes vivimos con TDAH, el día a día laboral puede convertirse en una carrera de obstáculos constante. Llegar tarde sin querer, perderse en detalles irrelevantes mientras lo importante se queda a medias o directamente no encontrar el móvil bajo una montaña de papeles… Son cosas que le pueden pasar a cualquiera de vez en cuando, pero cuando pasan a diario generan un desgaste enorme, roces con la plantilla y una sensación constante de estar estancado.
Sin embargo, esto no significa que no seamos capaces de rendir bien. La clave no está en exigirse trabajar el doble para encajar a la fuerza, sino en adaptar el entorno para aprovechar nuestras fortalezas y minimizar los tropiezos.
El verdadero reto: las funciones ejecutivas
Gran parte de los problemas de organización, priorización y gestión del tiempo vienen de lo que en psicología llaman disfunción ejecutiva. Básicamente, es la parte del cerebro que se encarga de automonitorearnos: la que nos avisa de si vamos con tiempo, si nos estamos desviando del objetivo o si la tarea que hacemos en este momento es la prioritaria.
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Cuando esa parte funciona a otro ritmo, es fácil pasar horas atascado en un detalle secundario o despistarse con el menor ruido. Desde fuera, hay quien puede interpretar esto como falta de interés o desorganización. Lo que no ven es el esfuerzo invisible: muchas personas con TDAH pedalean bajo el agua el doble de rápido solo para mantenerse a flote y dar la imagen de que todo está bajo control.
Estrategias prácticas para organizar la jornada
Para poner orden en el día a día, suele dar buen resultado combinar pautas de gestión con pequeños ajustes en el entorno. Aquí van algunas ideas que funcionan muy bien en la práctica:
1. Blindar el espacio frente a las distracciones
- Si tu puesto lo permite, entrar un poco antes o aprovechar las horas más tranquilas de la oficina ayuda a sacar adelante el trabajo pesado sin interrupciones.
- Mantener la mesa despejada de trastos, orientar el escritorio mirando a la pared o usar cascos para aislarse del ruido de fondo ayuda a reducir el impacto visual y auditivo.
- En lugar de contestar llamadas o correos al instante, es mejor dejar que salte el buzón o silenciar las notificaciones e ir revisándolos en bloques de tiempo marcados.
2. Controlar los “despistes”
Las distracciones no siempre vienen de fuera; a veces la propia cabeza es la que se va por las ramas. Para gestionarlo, ayuda clasificarlas:
- Si se te ocurre una idea brillante que no tiene nada que ver con lo que estás haciendo, apúntala en una libreta de notas rápidas para verla luego y vuelve a lo tuyo.
- Para no depender solo de la cabeza y arriegarte de que se te olvide algo importante, acostúmbrate a anotarlo todo al instante en una sola agenda o aplicación.
- Cuando la mente empieza a vagar y aburrirse porque la tarea es soporífera, suele ser una señal de que necesitas dividir ese trabajo en bloques más pequeños o meter pausas breves.
3. Poner límites al tiempo y las tareas
- Si tiendes a hiperfocalizarte y perder la noción del tiempo en algo concreto, pon alertas o notas adhesivas que te devuelvan a la realidad.
- Para procesos donde un pequeño fallo estropea todo el resultado, diseñar una lista de verificación rápida o pedir a alguien que le eche un ojo de diez segundos ahorra horas de correcciones.
- Cuando te pidan asumir algo nuevo de golpe, evita responder “Sí” al instante. Usa frases colchón como: “Déjame revisar el calendario y te confirmo en un rato“.
¿Vale la pena hablarlo en la empresa?
Esta es la eterna duda. Decir abiertamente que tienes TDAH o no es una decisión personal.
Por un lado, explicarlo puede ayudar a que los responsables entiendan cómo trabajas mejor y a pedir pequeños ajustes concretos (como usar auriculares, tener flexibilidad horaria o hacer reuniones breves de seguimiento por la mañana). A veces, ponerle nombre a las cosas evita que otros saquen conclusiones equivocadas sobre tu rendimiento.
Por otro lado, no siempre es obligatorio poner la «etiqueta» sobre la mesa para conseguir lo que necesitas. Muchas veces basta con pedir los cambios enfocándolos en la productividad directa: “Rindo mucho más si preparo los informes a primera hora en silencio” o “Me ayuda mucho si me envías los puntos clave de la reunión por escrito“. Al final, son medidas de sentido común que no solo nos benefician a nosotros, sino que mejoran el ritmo de trabajo de cualquier equipo.
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Silvia Capra
Mi mayor fuente de conocimiento sobre la neuroinclusión es mi propia experiencia: una vida intentando encajar en sistemas rígidos que dan por descontado un cierto funcionamiento mental, lejos de tener una mirada inclusiva. En 2024, tras un diagnóstico tardío de TDAH, entendí que no somos solo los neurodivergentes los que tenemos un cerebro distinto: hay tantas personas como formas de pensar y procesar la información. Es un hecho y se llama neurodiversidad.